La primera quincena de Julio puede ser buena para pensar sobre algunos temas a los que no podemos dedicar mucho tiempo en el mes de Junio, atropellados por la burocracia digital y la urgencia de las evaluaciones presenciales. 

Uno de los temas sobre los que he escuchado opiniones más negativas en este final de curso, es el tema de las Competencias clave Al final de la última evaluación, cada docente tiene que constatar el nivel de competencia de su alumnado en cada una de las siete competencias. Los comentarios son siempre los mismos ¿para qué sirve esto? ¿quién lo va a leer? ¿quién lo va a considerar?

Todos los docentes sabemos la respuesta: casi nadie está actualmente tomando en serio las competencias sino es como recurso meramente estadístico. Al realizar estos informes,   muchos docentes hemos obviado aquellas competencias sobre las que no éramos capaces de tener un juicio preciso, o bien hemos deducido las mismas en función de las notas de evaluación clásicas  Por ejemplo, la competencia matemática estaría en un nivel avanzado si la calificación en la asignatura homónima así lo indica. Incluso circulan por la Red, hojas de cálculo que transforman, de forma automática, las calificaciones ordinarias en niveles adquiridos de competencia según un peso previamente establecido para cada asignatura. Práctica que no hace sino evidenciar el absurdo de la obligación de evaluar por competencias alumno por alumno.

Entonces, ¿las competencias clave no sirven para nada?

A mi juicio tienen muchísima utilidad, pero no en el momento que se está proponiendo: en la evaluación final de cada curso. El tema de las competencias no es una exclusiva de la Consejería de Educación, ni siquiera del Ministerio de Educación. Es una propuesta que se enmarca dentro de la  Comunidad Europea , y merece un buen lugar como concepto que engloba la ‘acción’ necesaria para responder a problemas complejos mediante la combinación de conocimientos, habilidades y valores.  Intelectualmente me parece un hallazgo brillante y debe mantenerse. Sin embargo, su lugar no es un tedioso formulario de Séneca donde vamos ‘adivinando’ las 7 competencias clave de cada uno de nuestros alumnos. 

El sitio que corresponde a las competencias clave es justo al comienzo del curso. Cuando escogemos aquellas partes del currículo que vamos a tratar con nuestro alumnado. La normativa contiene estas en cada uno de los bloques temáticos, junto a los estándares de aprendizaje. Aquí su utilidad es de justificación, pero es muy importante.

Ejemplo: soy un docente que pelea a diario por convencer al alumnado de que se puede aprender filosofía de una manera mucho más brillante y efectiva si maximizamos los recursos digitales. La mayoría del alumnado  y padres-madres lo aceptan de buen grado. Pero siempre hay algún caso donde un alumno o un padre te pregunta ‘¿Por qué tengo que aprender a usar esta aplicación o programa? Esto es clase de filosofía’ Pues bien, las competencias clave – en concreto la competencia digital y muchos estándares- responden por mi. Es muy fácil mostrar una programación con referencias a normativas autonómicas y nacionales que defienden justamente esto. 

En resumen, la utilidad de las competencias clave (y por analogía de los estándares de aprendizaje) está en la justificación teórica y normativa que proporcionan para impulsar metodologías activas. No en vano, la definición de competencia trae implícita la noción de ‘saber hacer’.

Cuando las administraciones educativas obligan a evaluar ‘de nuevo’ al alumnado según esta perspectiva de la competencias no se aporta nada al trabajo diario del docente. Si un profesor decide que su alumnado va a desarrollar la competencia digital o el sentido de la iniciativa, es algo que decide en la programación de su asignatura. Es un item teórico (pero importante). Si seguimos obligando a cumplimentar estos formularios solo obtendremos un montón de burocracia virtual en el mejor de los casos,  y en el peor de los casos una desafección hacia el concepto mismo de competencia (sólo comparable al de ‘estándares de aprendizaje’ ), que ocultará los grandes beneficios teóricos de los mismos. 

Si la Consejería de Educación, utilizando algunos de sus servicios más próximos al profesorado (asesores de formación, e inspectores), se olvida de estos formularios sin salida y pone su empeño en asesorar y supervisar que la práctica docente atienda a programaciones que expliciten estas competencias clave, ganaremos un tiempo precioso y, aun más importante, tendrá lugar una revalorización del concepto mismo de competencia clave que ahora mismo asociamos mecánicamente a algo de dudosa utilidad y débil significado educativo.

propuesta #noEvaluacionesDobles